INMUNONUTRICIÓN

Se define como el estudio de los efectos específicos de diferentes nutrientes y diversos tipos de alimentación sobre el sistema inmunitario, es decir, cómo la interacción entre alimentos y nutrientes con este sistema puede contribuir a la prevención de enfermedades.

El sistema inmunológico es la defensa natural del cuerpo contra las infecciones. Por medio de diferentes procesos y sistemas, el cuerpo humano es capaz de combatir y destruir organismos invasores causantes de infecciones, antes de que causen daño.

El sistema inmune se compone, a su vez, de dos grandes sistemas llamados sistema inmune innato y sistema inmune adaptativo.

El sistema inmune innato es aquel compartido por todos los seres vivos, tanto del reino animal como vegetal. Es evolutivo y se basa en un mecanismo de defensa inespecífico, lo que significa que reconoce y responde a los agentes patógenos de una forma inespecífica y genérica. Es conocido como la primera línea de defensa, una respuesta inmediata frente a la infección, y que no mejora frente a la exposición repetida al agente extraño.

El sistema inmune adaptativo, por el contrario, genera mecanismos de defensa dirigidos individualmente contra cada uno de los patógenos, de forma que, aunque su activación no es tan rápida, es altamente específica y genera memoria frente a posteriores contactos con los agentes extraños, respondiendo de forma más rápida y especializada.

Existen diversos factores que influyen en el correcto funcionamiento del sistema inmune:

La genética: la predisposición genética es la que tiene mayor influencia sobre el sistema inmunológico. No obstante, esta predisposición genética, muy influenciada por la herencia, puede variar en función del tipo de patógeno. Así, la respuesta a un virus puede ser muy efectiva mientras que a una bacteria puede ser muy débil, y viceversa.

El microbiota intestinal: Las bacterias presentes en el microbioma también provocan entre un 5% y un 10% de diferencias inmunológicas. A su vez, el microbiota intestinal puede verse influenciada por diferentes factores como la genética, la alimentación, el estrés, enfermedades, antibióticos, estilo de vida, embarazo, parto, lactancia, infancia, etc.; y se puede fortalecer por medio de la alimentación: probióticos, prebióticos, fibra, vitaminas, minerales.

Edad: la palabra inmunosenescencia hace referencia a los cambios inmunológicos debidos al tiempo, esto quiere decir que, el proceso de envejecimiento provoca cambios inevitables en el sistema inmune que afectan su funcionamiento y desarrollo. Así mismo, disminuye la capacidad del sistema inmunitario para detectar y corregir defectos celulares; lo que aumenta el riesgo de enfermedades infecciosas, cáncer, autoinmunidad y a desarrollar respuestas pobres tras la administración de vacunas.

La vacunación: las vacunas activan las defensas naturales del organismo para que aprendan a resistir a infecciones específicas, y fortalecen el sistema inmunitario.

Tras vacunarnos, nuestro sistema inmunitario produce anticuerpos, como ocurre cuando nos exponemos a una enfermedad, con la diferencia de que las vacunas contienen los microorganismos (como virus o bacterias) muertos o debilitados y no causan enfermedades ni complicaciones.

La lactancia materna: los recién nacidos tienen un sistema inmunológico muy inmaduro y son altamente vulnerables. La leche materna ofrece protección inmediata, así como estimulación del sistema inmunológico. La leche materna está llena de inmunoglobulinas que protegen a los bebés contra la neumonía, la diarrea, las infecciones del oído y el asma, entre otras enfermedades.  Amamantar inmediatamente después del nacimiento es importante porque el sistema inmunitario de los recién nacidos aún no está del todo maduro. Es por ello por lo que, muchas veces se denomina a la lactancia materna como «la primera vacuna».

El estrés: los cambios producidos por el estrés crónico pueden traducirse en una gran inmunodepresión, llevando a mayor riesgo de contraer infecciones como otitis, gripe, y del tracto urinario. Distinguir los síntomas del estrés crónico (cefaleas frecuentes sin explicación, contracturas de los músculos maseteros o tortícolis, variaciones de peso inusuales, cambios en la motilidad intestinal, somnolencia o insomnio, cansancio excesivo, decaimiento, etc.) antes de que aparezcan los síntomas del déficit inmunitario puede ser útil para evitar llegar a ese extremo.

 

 

La nutrición y la alimentación:

Los resultados epidemiológicos y clínicos sugieren que cualquier deficiencia nutricional altera la inmunocompetencia e incrementa la susceptibilidad a padecer infecciones. Cualquier alteración en las defensas del individuo, puede hacer sospechar sobre la existencia de una situación de malnutrición o de algún tipo de deficiencia nutricional.

No obstante, hay que tener en cuenta que los nutrientes no sólo influyen sobre los mecanismos de defensa de nuestro organismo frente a enfermedades infecciosas, sino que otras funciones en las que está implicado el sistema inmune pueden alterarse por desequilibrios relacionados con la nutrición.

 

Vitaminas y minerales

Las vitaminas y minerales son un pilar a la hora de hablar del sistema inmune en su óptimo funcionamiento. Se les llama micronutrientes ya que son requeridos por nuestro organismo en cantidades muy pequeñas, que generalmente se cubren fácilmente con una alimentación equilibrada, que incluya las cantidades sugeridas de frutas y verduras.

Se ha reportado en la literatura científica que ciertas vitaminas como la A, C, D y E, así como algunos oligoelementos como el selenio y el zinc, intervienen de una forma muy importante en las diferentes funciones del sistema inmune, como la formación de algunas células de defensa, el proceso inflamatorio y de señalización, y la fagocitosis (muerte) de los agentes patógenos, entre otras.

 

Minerales

Dentro de los minerales reconocidos por su participación en el sistema inmunitario, se encuentra el Selenio, que participa en la síntesis de los anticuerpos, destinados especialmente para la defensa frente a agentes patógenos extraños. Por otro lado, el Zinc, actúa como antiinflamatorio, lo que ayuda a mantener el sistema inmunológico por medio de la expresión de varios genes relacionados con la proliferación, supervivencia y respuesta de las células de defensa.

Vitaminas

Por el lado de las vitaminas, la vitamina A, se caracteriza por su importancia en la integridad de la piel y las mucosas, lo que conocemos comúnmente como la primera línea de defensa. De igual forma, es reconocida por mantener el funcionamiento normal de diversas células de defensa como los macrófagos, neutrófilos, linfocitos T y B.

La vitamina E tiene un papel central en la protección de la integridad de las membranas celulares del daño oxidativo. Su suplementación se ha identificado como efecto benéfico sobre el sistema inmune, especialmente en personas de mayor edad.

La vitamina C es un reconocido antioxidante, que protege a diferentes tipos de células del daño oxidativo. Además, confiere un efecto benéfico protector en enfermedades infecciosas, por medio de apoyar a los mecanismos de defensa respiratorios. Este efecto ayuda a prevenir las infecciones virales, reduciendo su duración y severidad, así como mitigando los síntomas de la gripe.

La participación de la vitamina D también se ha puesto en evidencia, tanto en la inmunidad innata como en la adquirida, mejorando los efectos antimicrobianos de algunas células de defensa. Adicionalmente, se le han conferido propiedades de estimulación de las células que son responsables del reconocimiento de agentes microbianos, y la respuesta inflamatoria contra ellos.

Vitaminas del Complejo B

Particularmente, las vitaminas B6, B9 y B12 son indispensables en la formación de las células del sistema inmune conocidas comúnmente como los glóbulos blancos. Es por esto por lo que su déficit podría relacionarse con un sistema inmune debilitado y una mayor susceptibilidad a infecciones.

El consumo de alimentos que aporten cantidades adecuadas de estas vitaminas es esencial para sostener nuestro sistema de defensas, más aún en el contexto epidemiológico actual.

 

Probióticos y prebióticos

Como fue mencionado anteriormente, el microbiota intestinal tiene un papel importante en la inmunomodulación, y esta se beneficia por medio del consumo de microorganismos probióticos.

Por definición, los probióticos son microorganismos vivos que, al ser administrados en cantidades adecuadas, tienen la capacidad de conferir un beneficio para la salud del huésped. Su capacidad para modificar la función del sistema inmune se relaciona con diferentes factores como la frecuencia de consumo, la edad de la persona que lo consume, la cepa y cantidad del microorganismo, entre otros.

La inhibición del crecimiento de bacterias patógenas es solo una de las formas en que los probióticos promueven la salud inmunológica. Lo logran por medio de diferentes mecanismos, como la competencia con los patógenos por los nutrientes que promueven el crecimiento y la proliferación; la producción de sustancias que matan a las bacterias o detienen su crecimiento; y la competencia con los patógenos por la adherencia al epitelio intestinal.

Diferente a los probióticos, encontramos los prebióticos, un tipo especial de fibra dietética que actúa como sustrato específico de los probióticos, estimulando su crecimiento y su actividad, razón por la cual se conoce comúnmente como el “alimento” de estos. Las fibras prebióticas más conocidas son la inulina (de origen natural) y la polidextrosa (de origen sintético).

 

Ácidos grasos omega-3

Además de sus beneficios conocidos sobre la salud cardiovascular, los ácidos grasos omega-3 han demostrado tener un efecto en el sistema inmunológico. Por medio de un proceso de señalización alterado, el sistema inmune puede generar, en ocasiones, una respuesta exagerada y perjudicial para el mismo organismo, lo que conocemos como las enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoide. Los ácidos grasos omega-3 parecen tener beneficios modulando esta respuesta inadecuada y mitigando los efectos de dichas afecciones.

En conclusión, las estrategias nutricionales mencionadas para mejorar la salud inmunológica no son infalibles, sin embargo, la literatura científica actual sugiere que aumentar la ingesta de los factores dietéticos que están involucrados en los procesos diversos del sistema inmune, representa una estrategia de optimización de la funcionalidad de este y de la salud en general. En el contexto de salud actual, se debe tomar provecho de las herramientas que tenemos a nuestro favor para el cuidado de la salud.

En IPF contamos con diversas soluciones e ingredientes que pueden aportar a la integridad de la nutrición y alimentación, así como el cuidado del sistema inmunológico.

 

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